TRASLADO EFECTUADO.

Para los que me interrogáis, deciros que me he trasladado y por tanto no seguiré escribiendo aquí. El nuevo blog -que contiene también las entradas de este mismo-, es éste:

http://www.en-busca-y-captura.blogspot.com/

Como siempre, público para quien quiera disfrutarlo, odiarlo, amarlo, criticarlo y todo lo que se le ocurra.

sábado, 22 de mayo de 2010

El viaje de vuelta de los viernes

Adoro la vuelta a casa los viernes por la tarde. Sola en el metro, rodeada de toda una multitud, es un momento ideal para reflexionar sobre los días pasados y los que quedan por venir. Aunque ya es tarde los rayos de sol me acarician la cara a través de una de las ventanillas. Miro el panel y veo que aún me quedan un par de paradas. Sonrío y miro a mi alrededor con curiosidad, intentando recoger retazos de las historias de cada una de las personas que van en el vagón. Está claro que aquella vuelve ahora de la playa, esa mujer trabaja de secretaria en una empresa y ahora llega a su casa solitaria, el niño ese tiene la esperanza de que su padre no le obligue a ducharse cuando lleguen a casa, el hombre de mi lado vuelve ahora de preparar un importante contrato entre dos empresas,...

De repente, un sonido interrumpe el hilo de mis pensamientos. Es la megafonía anunciando la siguiente parada. Entramos en un tunel, y todo se oscurece momentáneamente, como mi alma. El corazón me da un vuelco y mi mente vuela hacia un pasado no muy lejano meses atras. Un pasado donde también volvía todos los viernes en metro, pero bajaba una parada antes. Un pasado donde el viaje de vuelta era el viaje de ida hacia... ¿hacia qué? ¿El amor? Bah, no sé. Hasta él. Eso era suficiente. Suficiente para que mi ánimo se elevara, mi cara se iluminara y los fríos días de invierno y diciembre fueran acalorados...

Sí, la nostalgia me invade mientras el metro se para y miro el letrero de la estación donde infinitas veces me bajé. Todos los recuerdos, sentimientos y sonidos se arremolinan como un torbellino en mi mente, y me empiezo a sentir mareada. Me apoyo contra la pared y cierro los ojos.

No los abro hasta que vuelvo a sentir el calor del sol en la cara mientras dejamos la estación atrás al salir del túnel. A mi alrededor, el niño que no quiere bañarse y algún que otro más me miran con curiosidad. Sonrío y miro por la ventana. Me acabo de dar cuenta. Nadie me espera ya en esa otra parada, ahora me dirijo hacia una nueva, a en la que otras muchas personas sí que lo hacen.

Con una sonrisa melancólica miro el reloj. No veo la hora de llegar ya.

El viaje de vuelta de los viernes

Adoro la vuelta a casa los viernes por la tarde. Sola en el metro, rodeada de toda una multitud, es un momento ideal para reflexionar sobre los días pasados y los que quedan por venir. Aunque ya es tarde los rayos de sol me acarician la cara a través de una de las ventanillas. Miro el panel y veo que aún me quedan un par de paradas. Sonrío y miro a mi alrededor con curiosidad, intentando recoger retazos de las historias de cada una de las personas que van en el vagón. Está claro que aquella vuelve ahora de la playa, esa mujer trabaja de secretaria en una empresa y ahora llega a su casa solitaria, el niño ese tiene la esperanza de que su padre no le obligue a ducharse cuando lleguen a casa, el hombre de mi lado vuelve ahora de preparar un importante contrato entre dos empresas,...

De repente, un sonido interrumpe el hilo de mis pensamientos. Es la megafonía anunciando la siguiente parada. Entramos en un tunel, y todo se oscurece momentáneamente, como mi alma. El corazón me da un vuelco y mi mente vuela hacia un pasado no muy lejano meses atras. Un pasado donde también volvía todos los viernes en metro, pero bajaba una parada antes. Un pasado donde el viaje de vuelta era el viaje de ida hacia... ¿hacia qué? ¿El amor? Bah, no sé. Hasta él. Eso era suficiente. Suficiente para que mi ánimo se elevara, mi cara se iluminara y los fríos días de invierno y diciembre fueran acalorados...

Sí, la nostalgia me invade mientras el metro se para y miro el letrero de la estación donde infinitas veces me bajé. Todos los recuerdos, sentimientos y sonidos se arremolinan como un torbellino en mi mente, y me empiezo a sentir mareada. Me apoyo contra la pared y cierro los ojos.

No los abro hasta que vuelvo a sentir el calor del sol en la cara mientras dejamos la estación atrás al salir del túnel. A mi alrededor, el niño que no quiere bañarse y algún que otro más me miran con curiosidad. Sonrío y miro por la ventana. Me acabo de dar cuenta. Nadie me espera ya en esa otra parada, ahora me dirijo hacia una nueva, a en la que otras muchas personas sí que lo hacen.

Con una sonrisa melancólica miro el reloj. No veo la hora de llegar ya.